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domingo, 18 de mayo de 2014

Cuento de María Luisa Ferreira. Clavelina

MARÍA LUISA FERREIRA

 CLAVELINA - Cuento de MARÍA LUISA FERREIRA

CLAVELINA - Cuento de MARÍA LUISA FERREIRA
CLAVELINA
Cuento de MARÍA LUISA FERREIRA

Clavelina era sólo una metáfora de Dios. Era sólo eso. ¿O era «eso», luego? Le hubiera gustado ser importante; ser independiente; Ser. Pero se dio cuenta que el poder ser definida con un nombre, por algunas características específicas, la ubicaban simplemente en el inventario del universo: Especie, género, perfil psicológico, raza. De pronto deseó ser como los ángeles desconocidos, apenas imaginados y nombrados, que nunca pasaron por microscopios. Se apoderó de ella ese pecado capital que había perdido a la humanidad: La envidia. Envidió a los ángeles. Pero sólo por un instante. Luego se dio cuenta que ellos también estaban catalogados en la Suma Teológica de Santo Tomas de Aquino, una especie de catastro celestial.
Clavelina regresaba una tarde cualquiera de agosto a su casa. Era un camino rodeado de hierbas, ¡qué bellas son las malezas!, pensó. Sus compañeros de escuela iban un poco atrás o un poco adelante. Nadie quería acompañar sus pasos, porque de repente, se sentaba en el medio del trayecto a mirar una que otra florecilla silvestre. Estaba obsesionada por la variedad y riqueza, que a los demás les era indiferentes.
Clavelina tenía un libro. Un libro grueso, pesado. Ella lo hojeaba cada tarde con gran delicadeza. Entre las hojas de ese libro que alguna vez fue útil como lectura o documento, estaban las florecillas silvestres. Aquí, estaba una, con pequeñísimos pétalos amarillos. Aquí, estaba otra, un diente de león ahijado del viento que se había apropiado de ella. Y esta era su preferida: Un capullito rojo con un hueco adentro. Se imaginaba que en ese hueco, podían acunarse las hadas, o los duendes. Algún ser pequeñito y feliz. Había encontrado en el camino, la flor que ella misma había ayudado a Dios a crear.
Un día, en el cielo había mucho trabajo. Dios estaba con un nuevo proyecto. Entonces había euforia en el paraíso, como en un canal de televisión donde preparan un nuevo programa y se cruzan productores, arquitectos, actores... Como en una nueva película de Hollywood. Todo era ilusión, fantasía, esperanza y euforia creativa.
Dios había dado a conocer su proyecto a los ángeles: Crearía un nuevo mundo. Dios era generoso, y amaba a sus fieles servidores alados... Por eso, los convocó, y decidió hacerles partícipes de la creación del nuevo mundo. Llamó a la licitación a todos los ángeles artistas. Los mejores proyectos serían premiados pero ninguno, desestimado. El cielo era pura música y alabanza, era una fiesta perenne. Ángeles venían e iban de aquí para allá. Los corrillos del cielo estaban repletos de exclamaciones y cánticos comentando la nueva obra. El corolario de aquella obra sería puesto por Dios. ¡Era una sorpresa! Los colores de las paletas de los ángeles se mezclaban. El entusiasmo cobraba formas, sonidos, olores. Era como una larga víspera de Navidad o una madrugada prolongada y celeste de Reyes. Estos artistas compartían sus ocurrencias con alegría. La envidia no había nacido aún. Ni siquiera la vanagloria, ni el orgullo y mucho menos la soberbia.
Y así, llegaban al Señor, los diseños aprobados: Los crotos, las petunias, lirios, madreselvas... La rosa ganó una mención especial. Le gustó mucho al Señor y la reservó para alguien a quién tenía guardada en el corazón y que ya vivía allí desde siempre. También le gustó la estrella de mar. La reservó asimismo para aquella persona especial. Aprobó con beneplácito las formas geométricas que eufóricos y alegres, tintineando de felicidad, le acercaban sus hermosos ángeles: Cristales de nieve fantásticos. Para cada uno de ellos había un ¡Ohh! en el cielo.
Fueron llegando claveles, crisantemos, margaritas, pequeñas violetas... Algunas flores recibían de Dios el perfume. La ofrenda de ese aditivo Dios lo reservó a sí mismo, como el gato, maestro del tigre, se reserva el derecho de saltar atrás. Por mucho tiempo continúo la creación de la obra.
Dios acariciaba la textura de las hojas, de los pétalos. Observaba como la delicada red de filamentos vegetales cernía la luz clarísima del cielo. Y se complacía en sus criaturas. Él podía haberlo creado todo, pero era feliz al otorgar a sus ángeles artistas el honor de ser copartícipes de su obra. Surgieron las hojas, con sus formas acorazonadas, alargadas, redondas, aterciopeladas, lisas, transparentes, compuestas o sencillas. Surgieron los pecíolos, estambres, cotiledones, las flores con toda su anatomía minúscula. Los árboles recios, frondosos o gráciles. Los frutos perfumados, jugosos. A algunas hojas el Señor agregó fragancia y a otras incluso ¡sabor! Y surgieron las rocas, la arena, cada puntito transparente de las playas. Y los ángeles eran inmensamente felices observando aquel universo que Dios preparaba con ellos. Seres alados, transparentes alquimistas mezclaron los elementos que Dios les dio e hicieron lo más bello que tendría la Tierra en su mundo mineral: El agua. Y crearon el mercurio, ¡qué divertido el mercurio! Reían los ángeles. Luego hicieron el plomo. Hubo una conferencia para presentar al plomo, ¡qué pesado! A veces Dios se ponía un poco triste. Y los ángeles no comprendían. Pero Dios conocía el futuro. Por algo era Dios.
Cuando crearon la plata crearon la luna. Y se creó también el oro. También hicieron un festival del fuego, de los volcanes, de la lluvia. Los ángeles aprovechaban toda ocasión para hacer una fiesta y alabar al Señor. ¡Qué felicidad había en el cielo!
Y llegó el tiempo de crear los animales. Hubo ceremonias de nuevo para adentrarse en esta nueva etapa. A Dios le agradan las ceremonias y ritos. El los había creado. Surgieron los microorganismos, el plancton, los corales, los líquenes, los animales de sangre fría y caliente. Cada célula era objeto de explicaciones sorprendentes y asombrosas.
¡Nosotros también queremos crear! Exclamaron algunos de los millares de ángeles artistas. Pero no había reclamo en sus palabras, sino inmensa alegría y entusiasmo. Todavía faltaba el fondo del mar. ¡Qué maravilla el fondo del mar!! Les prometió que allí irían siempre a observar la belleza y la perenne y cadenciosa danza de esos elementos al compás de la música de la creación eterna.
Luego vinieron, ya, los mamíferos. ¡Qué bellos! De las aves, y la florecillas silvestres, se ocuparon los ángeles pequeños, los querubines mimados de Dios. El niño Jesús, cuya divina infancia era atesorada en un cofre del corazón del Señor, jugaba con los querubines y los ayudaba a realizar gorriones, y pajarillos cantores, con pinceles finos de delicadas cerdas.
Los ángeles también crearon los dinosaurios. Prototipos de máquinas. Hubo un boom cuando aparecieron. A los ángeles les encantó el paisaje del entorno. La era cuaternaria llegaba a su fin.
Y por fin la obra estaba culminada. Azul y verde, flotaba en el Universo el fresco planeta. Radiante con su flamante sol recién creado. Una estrella fabulosa, preciosa, llena de helio. A los ángeles les gustaba tomarse un baño en sus llamaradas, ya que ellos no se quemaban.
Contempló largamente Dios su obra, junto a sus fieles servidores. Ahora, voy a crear a una nueva criatura que reinará en este nuevo mundo, dijo El Señor. Los ángeles quedaron perplejos, en suspenso, curiosos tal vez. Fue así, como tomo la propia esencia de esa tierra para moldear al hombre.
Y lo hizo a su imagen y semejanza con un soplo de su espíritu. Se complació en su obra. El hombre era inocente. El resto ya lo conocen.
Clavelina era un querubín. Y nació como niña, porque se había apegado tanto a su labor, que pidió al Señor el privilegio de ser de la especie humana, beneficiaria de la gran obra. Pero a veces añoraba ser de nuevo ángel y para olvidar su nostalgia infantil, miraba las florecillas del camino y las atesoraba entre las hojas del libro viejo. Y miraba el hueco de aquella florecilla roja que había contribuido a crear con tanto amor para tantos seres indiferentes.



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EN VERSOS Y PROSAS DESDE EL EXILIO
PROSAS, CUENTOS Y RELATOS
Por MARÍA LUISA FERREIRA
Editorial SERVILIBRO
Asunción – Paraguay. 2013

Cuentos de María Luisa Ferreira. El Jardín Abandonado

MARÍA LUISA FERREIRA

EL JARDÍN ABANDONADO - Cuento de MARÍA LUISA FERREIRA

EL JARDÍN ABANDONADO - Cuento de MARÍA LUISA FERREIRA

EL JARDÍN ABANDONADO
Cuento de MARÍA LUISA FERREIRA

El mudo abandonó un día su jardín florido. Quedaron los manzanos con sus frutos maduros; el duraznero florecido; la rosa en un rincón. Su abandono permitió que las hormigas, perplejas, se deslazaran una yarda más. Al inicio avanzaron tímidamente, pero luego se dieron cuenta que el paso estaba allanado. El jardinero se fue. Los vecinos, acostumbrados a molestarlo, pensaron que era una ausencia normal, de unas horas. Pero luego, pasó un día, y percibieron que algo ocurría. El viento norte arrastró hule y papel. Algunos quedaron colgando grotescamente de las ramas de la chirimoya. Nadie los quitó. En medio de ese barrio marginal, el mudo solitario sembró un jardín. Un bello jardín que cuidaba día y noche, de depredadores naturales, de la inclemencia del tiempo, de las estaciones. Los vecinos comenzaron a hostigarlo, como duendes traviesos sin que exista otra razón que la travesura. Era como si también fuese natural el hostigamiento. Observaban su afán y trajinar. Comenzaron a robarle peras. Luego lanzaron insectos y una bolsa de basura sobre los geranios recién brotados. Un día, rompieron el tejido e introdujeron una jauría de perros en celo. Todo lo sorteó con la paciencia de San Francisco. Jamás una imprecación. Nunca siquiera un gesto de contrariedad. La mirada suya ignoraba por completo más vida que la de aquellas plantas y la de algunos pájaros errantes que lo visitaban con puntualidad. Pero un día se fue. Nadie sabe dónde. Así como vino, se fue. Llegó un aguacero. Las malezas no encontraron oposición a su afán invasivo, y empezaron a brotar sigilosas; luego, ya agresivas. Las plantas delicadas empezaron a temer y a sentir terror. Avanzaban sobre ellas. Una mujer sucia fue la primera en invadir el jardín. En una bolsa se llevó las manzanas arrancadas con furia, dejando heridas en el arbusto confundido y dolorido. ¿Dónde se fue el jardinero? ¿Por qué abandonó aquella bella obra que le había costado tantos días de labor minuciosa? ¿Cómo pudo hacer esto? Quizás se cansó. Quizás lo invadió un hastío. Quizás pensó que su tarea era como la de Sísifo, completamente inútil. Quizás comprendió que el jardín no sería eterno como todo lo que aparece en la tierra. ¿Por qué hacer coincidir el final de una obra con el final de la vida? ¿No pueden ambos tener un final por separado? Ninguno de los dos era eterno. Ni el jardín, ni el jardinero. El jardinero se fue. Corno un ave emigrante. Silencioso, pasivo, indiferente. Sin duda alguna, su entorno no incidió en su partida, así como no incidió en su venida. Quizás un día regrese, inesperadamente. Sin que él mismo lo planee. Como regresan las aves un día al nido abandonado y lo rehacen sin culpas, sin recuerdos.



EL JARDÍN ABANDONADO II

Cleo entró al jardín abandonado. Crecían enredaderas que se habían vuelto salvajes. Como los perros se convierten en lobos al ser abandonados a su suerte en el bosque, el jardín se convirtió en una jungla, (o al menos, en una pequeña jungla). Y en medio de la jungla, las madreselvas y las rosas, hospedaban a algunos salvajes cuyo nombre no conoce nadie, ni el hombre de la ciudad, ni los nativos. Sólo Dios y los ángeles conocen los nombres de estos visitantes que nadie sabe cómo aparecen. De noche, dijo Cleo, los ángeles duendes de la naturaleza traen las semillas desde el invernadero del cielo, donde existe un banco de simientes. Allí los colocan, con sus insectos y sus olores. Habían crecido hojas. Y Cleo creó cuadros en su mente de cada una de ellas. Quitó fotos mentales. Los encuadró, los compuso, los compaginó para poder apreciarlas. «El hombre —pensó Cleo- necesita crear cuadros para poder apreciar la belleza. Necesita poner recuadros para sus limitados ojos y encerrarlos en cuatro ángulos. De lo contrario, la belleza se derrama de su pequeña cabeza, se esparce, se derrite... ¡Es tanta la belleza que puede extasiarnos, y emborracharnos!». La belleza de la naturaleza necesita ser decodificada por el hombre común, no por ángeles duendes, no por Cleo que era niña y que era a su vez, ángel y duende.
Cleo se sentó en la arena del sendero del jardín abandonado y miró las hormigas que iban y venían. «Los niños no hacen nada», dijo su madre. ¿Qué hace Cleo? Conversa con Dios. Se embelesa. Embelesarse es no crear cuadros para la belleza. Embelesarse es enlodarse, embarrarse, zambullirse, «empapuzarse» con los colores de la belleza. Bebería, soñarla, acariciarla, disfrutarla sin crear cuadros. Cleo estaba en una ceremonia de amor. Cleo juega en el jardín abandonado.



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EN VERSOS Y PROSAS DESDE EL EXILIO
PROSAS, CUENTOS Y RELATOS
Por MARÍA LUISA FERREIRA
Editorial SERVILIBRO
Asunción – Paraguay. 2013

Publicación: “En versos y prosas” se presenta hoy

03 DE DICIEMBRE DE 2013


“En versos y prosas” se presenta hoy

Hoy, a las 19:00, se lanzará en la Casa Bicentenario de la Literatura “Augusto Roa Bastos” (México 346 c/ 25 de Mayo) el libro “En versos y prosas”, de María Luisa Ferreira.
María Luisa Ferreira, autora de “En versos y prosas”.
María Luisa Ferreira, autora de “En versos y prosas”. / ABC Color
De las palabras de presentación se encargarán Milia Gayoso Manzur y Óscar Fleytas. “En versos y prosas” es el cuarto libro de Ferreira, pero se trata del primero del género literario de cuentos y poesías.
“El libro de poesía quiero dedicarle a Dios, ‘el que prende y apaga la luz’, como dice Charly garcía. Y también a Augusto Roa Bastos, poeta en versos y prosas”, escribe la autora en la primera página del material que sale con el sello de Editorial Servilibro.
“Gracias, Señor, por la lluvia/ el olor de la tierra mojada/ y el niño que mira la lluvia.
Gracias Señor/ por las mariposas de Vietnam cuya variedad es difícil de catalogar/ como la belleza es indescriptible”, dice un poema.